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¿Quiénes somos?

Una de las definiciones que la Real Academia Española tiene para la entrada «identidad» es la “conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás”. De las cinco que hay en total, esta es la más acertada en cuanto al problema filosófico sobre la identidad. Algunas de las cuestiones más generales en este ámbito son: ¿Quién soy? ¿De dónde vienen mis ideas? Mientras que las hay más específicas: ¿Seré la misma persona de aquí a veinte años? ¿Me comportaría del mismo modo si no hubiera nacido en este entorno? Aunque parezcan diferentes a primera vista, todas tienen la misma esencia, la misma pregunta escondida: ¿Realmente nos conocemos a nosotros mismos?

Opino que hay que mirar el problema desde otro enfoque. Se suele decir que no es correcto cuestionar el modo de ser —y aquí se incluyen opiniones políticas, religión, intereses, y todo lo que forma parte del individuo y que lo hace diferente a los demás— de cada persona, pero lo cierto es que este es un modo de erradicar el problema sin haber reflexionado acerca de él con detenimiento. A mí me interesa analizar el origen de la identidad como constructo social, es decir, como “modo de ser” inculcado al individuo por la sociedad.

En su Tratado de la naturaleza humana, Hume habla de la identidad como la idea del “yo”, y defiende que las ideas que concibe la mente de los individuos están determinadas por las impresiones que obtiene del entorno a través de los sentidos. Sin embargo, observa que, si la idea del “yo” fuera fija, su existencia sería imposible debido a que las impresiones provenientes del entorno vienen y van, y esta aleatoriedad es incompatible con la idea del “yo” inalterable. En pocas palabras: la identidad o idea del “yo” proviene de la percepción, pero no es una idea invariable porque nace del entorno de la persona y este entorno tiene una naturaleza constantemente cambiante. Desde mi punto de vista, la filosofía de Hume es muy acertada para describir la identidad. El “yo” de una persona a sus 16 años nunca será el mismo que el de esa persona a los 36, ni a los 56, y así sucesivamente. ¿O acaso un individuo en su edad adulta se identifica con su “yo” adolescente? Si la identidad se mantuviese constante a lo largo de toda la vida de una persona, siempre tendría la misma concepción sobre sí misma, y no hay nadie que en su experiencia personal pueda decir que esto haya sido así.

Habiendo determinado que la identidad depende de las percepciones del individuo, me gustaría poner un ejemplo en uno de los ámbitos que más importantes considero por lo que respecta a la identidad personal: la “identidad de género”. Antes de empezar, hay que dejar clara la distinción entre sexo y género. El sexo viene determinado por la naturaleza: al nacer, una persona puede ser clasificada como varón o hembra según sus genitales. El género, en cambio, tiene que ver con el papel o el rol que se le ha asignado a una persona al nacer basándose en su sexo. La “identidad de género” es la percepción de un individuo sobre sí mismo en cuanto a su género y la manera en el que lo pone de manifiesto. Ahora vayamos al caso: una pareja va a tener un bebé por primera vez, y acuden al médico para que les comunique el sexo. Tras la revelación de que se trata de una niña, vuelven a casa emocionados y comienzan a adaptarse para cuando nazca su hija: le compran ropa rosa, le ponen papel de pared con princesas en la habitación y le compran muñecas para que juegue. Ahora imaginemos que el médico no anuncia la llegada de una niña, sino la de un niño. Casi con toda probabilidad, los padres no harán la misma compra en ambos casos. En el segundo, la ropa será color azul y el papel de pared estará decorado con coches o dinosaurios. Cuando crezcan, la distinción entre sexos se hará poco a poco más obvia: a los cinco años la niña recibirá cocinitas de juguete y el niño recibirá coches de policía. A los doce años la niña comenzará a maquillarse y al niño se le regalará una consola de videojuegos. Y aquí aparece la pregunta clave: si en vez de hacer esta distinción de género basada enteramente en el sexo se criara al niño y a la niña del exacto mismo modo, ¿llegarían por sí mismos a actuar de la manera en que lo habrían hecho en el primer caso? Probablemente no, por el simple hecho de que en el primer caso son la sociedad y la cultura las que les han impuesto estas diferencias, y en el segundo estas diferencias no existen.

El problema filosófico de la identidad, como las muchas otras preguntas que se plantea la filosofía, no tiene una respuesta concreta, y este ensayo ha sido un breve intento de despejar algunas dudas. La identidad proviene del mundo de percepciones que obtenemos de nuestro alrededor a través de los sentidos. Lo hemos visto en el ejemplo de la identidad de género, que cuestiona la importancia real de este más allá de la que la sociedad ha inventado para él, pero también se observa en el ámbito religioso, político o social, entre otros. No es una coincidencia que varios miembros de una familia voten al mismo candidato en las elecciones, ni que, ahora hablando a gran escala, un grupo de personas pertenecientes a un mismo lugar tenga un fuerte sentimiento de nación. Son las impresiones que capturamos de nuestro alrededor las que nos forman como personas, y es el camino de la filosofía el que nos permite cuestionarlas.

Elena A.

BIBILIOGRAFÍA:

Hume, David (1739), Tratado sobre la naturaleza humana

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